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Públicado en el Magazine Especial de Navidad. Lesrain
Al pan Vendrás Mi madre me ha encargado tres kilos de langostinos, uno de carabineros, un cordero lechal, turrones, mazapanes, fruta escarchada y cava como para quince personas y después se ha enfadado conmigo. Solo le he dicho la verdad, mamá, si solo somos cuatro, es mucha cantidad de comida para la gente que vamos a estar en nochebuena y ella nada erre que erre con la cena, parece que llevamos toda la vida sin comer. Me ha dicho que me meta en mis asuntos, va y me dice, metete en tus asuntos, como si yo tuviera otros asuntos en los que meterme. Desde que me paso el día en ese centro comercial promocionando salchichas, no tengo ni asuntos, ni vida sexual en la que distraerme. Salchichas, manda pelotas. Seis años estudiando psicología para ahora terminar utilizando la empatía con un bote de salchichas y quinientas personas que me pisan las manoletinas color azul marino con bordes dorados, parezco una cinta de navidad pero sin volumen. Con este uniforme de azafata de autobús regional, no tengo gracia, por eso paso desapercibida entre la masa. No vendo, vamos. Soy una embajadora de la salchicha sin carisma. ¿Además quien quiere comprar salchichas en navidad? Yo, vender lo que es vender no vendo nada, pero pasarme el día picoteando esa carne embutida para perros y ahuyentando a la gente que me roba los canapés de salchichas por la espalda lo hago de perlas. Somos como borregos. La gente, de verdad, para qué se van a molestar en pedirte las cosas o disculparse cuando te atropellan con el carro, si eres como un Stan mas, estas ahí para que los puñeteros niños que corretean por los pasillos te pisen y te escupan. No estas para ofrecer una degustación, estás como pararrayos de sus bolsos, cestas, carros, paraguas, muletas, codos,... en fin, para todas esas cosas para las que vale un promotor cualificado. Porque yo, lo pone en mi contrato, soy un promotor cualificado. Si llego yo a saber esto, si llego yo a saberlo, me iba tirar toda la vida estudiando para después terminar congelada de frío en un supermercado, tolerando que un encargado barbilampiño me diga que aplique los conocimientos de mi carrera en la promoción porque no llego a donde tengo que llegar. Como si él tuviera la más mínima repajolera idea de qué hacer con su vida. Lo mejor fue el día que vino a echarme la bronca porque decía que la gente no comía de mi bandeja, ¿Que culpa tendré yo?, se me habrá puesto cara de besugo de pasar tanto frío, hasta que mas tarde dándole vueltas y vueltas al tema, llegue a la conclusión de que los clientes no me comían nada porque pasaban de largo e iban directamente a la sección de bebidas y refrescos. Date, habían puesto una chica Coca-cola vestida de Papá Noel pero sin tripa postiza que está cantidad de buena. Los del anuncio del Oso si que saben. Empecé a vigilarla de soslayo tramando una estrategia para acercarme a ella, primero le di algunas salchichas que picotear, pero torció el gesto después de meterse el segundo trozo en la boca. Otro día la invite a un café y descubrí que lo que tiene de guapa lo tiene de tonta, por lo que decidí llevar un taper con tortilla de patata para almorzar a ver sí cogía la indirecta, pero nada tampoco cuajó. Mira que yo me ponía guapa, hasta me di betún en las manoletinas para que lucieran como nuevas, pero la rubia ceñida de rojo permanecía impermeable a mi ritual de reclamo amatorio, mientras yo rondaba el puesto de sacarosas enlatadas, ella mataba moscas con las palmas de las manos. Una buena noche, tras hacer la compra navideña que me había encargado mi mamá aprovechando el cierre de la tienda, me decidí a ser directa y clara. Total no tenía mucho que perder, si acaso un trabajo basura y un revolcón en el almacén, o sea que esperé a que terminará su turno y la seguí hasta la puerta de salida de empleados con los tres kilos de langostinos chorreando por el camino. Tras tres intentos de invitarla a salir y mientras me deshacía en tartamudeos varios, Barbie se sacaba siete docenas de pendientes que procedía a repartirse entre la nariz, cejas, boca y labios a la par que se quedaba de cintura para arriba como dios la trajo al mundo para encorsetarse tres camisetas de color negro ataviadas con cadenas entre ellas y posteriormente se arrancaba la minifalda de Santa Noel, para enfundarse unas mallas ajustadas que coronó con unas botas militares cuyos cordones iban atados por imperdibles. Cenicienta acababa de transformarse en la prima hermana de Marlyn Manson. Va y me dice. ¿Qué quieres Tron?, ¿Cómo se llama el garito ese donde quieres llevarme? Me quedo muda. Blanca, con la misma cara que pone un conejo cuando le dan las largas. Pone cara de fastidio y me agarra de la mano para llevarme hasta su vespino. Marilyn Manson tiene vespino. Vamos, vamos anda. Y así se las guisa cenicienta, nos montamos en su burra, me agarró con una mano a su cintura y con la otra sostengo la cena de la noche más buena, intentando mantener el equilibrio entre el mal tráfico que provoca una loca de las motos de baja cilindrada que me lleva a Dios sabe dónde. Era día 23 de diciembre, mi tarea era regresar con la compra a mi casa y acostarme pronto para madrugar a la mañana siguiente y termino en un local Under de las afueras repartiendo marisco a cambio de un vasito de calimocho a una colección de punkarras que se emocionan cuando les digo que soy psicóloga. Amanece, de camino a mi casa me compongo doce mil excusas diferentes para explicarle a mi madre por qué no he vuelto a dormir, por qué no traigo conmigo los víveres para la cena y por qué llevo un pendiente en el labio. Ah! Con el pedo se me olvidó, y por qué me han despedido. Confío en que las fiestas la pongan tierna y me perdone. Claro que eso es mucho pedir conociendo a mi madre de la que he heredado un carácter bastante irritable. No hace falta que le diga nada, de golpe me tira con una zapatilla de estar en casa nada más entrar por la puerta al verme vestida con la minifalda de Barbie, el pendiente en la boca, la bolsa de langostinos vacía en la mano y con un insoportable olor a calimocho y gasolina mezclada con aceite. Yo no sé como tira tu madre las zapatillas pero la mía ha aprendido de la protagonista de Matrix, tuerces una esquina del pasillo y la zapatilla te sigue detrás. No importa lo mucho que corras siempre te alcanza. Consigo recuperarme de la agresión sin lesiones, al menos permanentes, que me permitirán recordar esta navidad por mucho tiempo. No sé si fue el batacazo del golpe, verme en la cocina de mi madre el día de nochebuena con una borrachera de escándalo, el hecho de haber perdido el quinceavo trabajo indigno que he tenido en el último año o el fracaso de mi trayectoria amatoria lo que me sitúa frente a una nueva perspectiva de la vida. He decidido dejar de ser una chica JASP. Necesito pertenecer a la generación de los mil euros desesperadamente, tomar cañas solo los jueves, poder comprarme un SEAT ibiza, decir aquello de ...me estoy leyendo harry potter en ingles o sea, y también lo de me quiero ir un año a Londres, ya. Necesito ese cambio antes de que sea demasiado tarde y termine de nuevo haciendo terapia noctámbula con un grupo de alcohólicos Under que me dan porros a cambio de langostinos. Mónica Martín
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El Espejo de los Deseos.Crisol formado por las voces de Mónica Martín, Cristina Cuesta, MacBollix, Montse Puchol y Susana Hernández, que se alzan desde ahora en contra del turismo sexual y la explotación infantil. Conjunto de relatos de contenido lésbico que recoge una armoniosa sinfonía de aromas literarios. |